Sal al combate, levanta la vista, no mires hacia bajo, nunca, bajo ninguna premisa, siempre el mentón desafiante señalando algún lugar en las nubes, hacia el lugar al que irás, donde tu deseo te conduzca, allá donde levantarás tu castillo (sí, en el aire). Pon y dispón de tu coraza hecha huesos, carne, piel, mandíbula, diente, sangre.
Levanta la mirada hacia el frente, donde un horizonte te espera, allá hacia donde caminas. Una línea, la cual, según te acercas se aleja (así son los horizontes, esquivos).
Señala con tu mandíbula el lugar al que perteneces, en lo alto, sobre las copas de los árboles que por ti se inmolan, perezosos, altivos como cuellos de jirafa, sedosos, llorones como los sauces.
Enfila con tus pestañas el azul (más que nunca) de un dolor que se eleva en el aire, que sobrevuela calamidades absurdas, cotidianeidades, promesas, insustancialidades, cánticos, sueños moribundos, sonidos guturales. Más cánticos.
Sal al combate desnuda, sin guantes, sólo con lo puesto en tu conciencia, mirando de frente, altiva como los sauces, llorona como las jirafas, transparente como los cánticos, gutural como los ladridos, lejana como los horizontes.
Y llora, por fin, harta de heridas, hambrienta de mar.
Respira ¿Primavera, al fin?
quarta-feira, 28 de abril de 2010
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Enfilo...
ResponderEliminarY compartamos la hora del lobo... ahora que ya conoces sus misterios.
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